
En días como este, vienen a mi memoria los días de escuela, cuando en un acto cívico, el pecho se me enchía de orgullo patrio, mientras que desde una trompeta conectada a un sensacional amplificador RADSON de bulbos y celosamente custodiado en la oficina del director de la escuela, las notas del himno nacional eran reproducidas desde un disco de acetato; el que a fuerza de ser reproducido cada Lunes, entre el scratch ocasionado por el polvo y arañazos causados por un constante uso, dejaba escapar las notas que fueron grabadas a fuego en mi memoria.
El coro de voces de los cientos de alumnos, acompañaban a la voz del profesor o profesora en turno, quien se esforzaba por mantenerla entonada y al ritmo de los coros que con sabor a heroísmo, rezaban la letra de la pieza ancestral.
Bajo un sol del medio día, las filas de alumnos erguidas en un saludo a la bandera, la veíamos desfilar sostenida por la abanderada de la guardia que se decía, estaba integrada por un grupo selecto de alumnos entre quienes habían destacado por su estudio e inteligencia, y las más altas calificaciones, y a quienes con velada envidia, mirábamos recorrer estoicos la explanada de la escuela.



















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